¿Cómo entender las políticas anti-migratorias desde la psicología?

La frecuencia con la cual creamos y empleamos retorica xenófoba en el discurso público es un tema mucho más profundo de lo que podríamos imaginar. Socialmente preferimos entender esta retorica como una consecuencia de la repetición compulsiva e inconsciente de cierto lenguaje despectivo que forma parte de nuestra cultura y de nuestro léxico cotidiano. Sin embargo, la realidad es que esta retorica bien puede ser el producto de maniobras políticas que pretenden contagiar a la población de determinados miedos, y de esa forma fomentar la idea de que el fenómeno migratorio, la agenda progresista o las políticas sociales por la redistribución amenazan donde más nos duele: en el primitivo temor al racionamiento, a la restricción; el temor inconsciente de que no hay o no habrá suficiente para todos.

En la actualidad el discurso político a nivel global está caracterizado por el uso de esta retórica. Saltan a la vista ejemplos como la agenda política y social del presidente de los Estados Unidos con su enfático llamado al retroceso: “Make America Great Again”. También observamos la campaña a favor del Brexit en el Reino Unido, la cual pretende “independizar” el país de la amenaza Europea y sus políticas liberales. No obstante, y por más que nos cuesta aceptarlo, esta no es una tendencia exclusiva del primer mundo, sino de la manipulación política que no le es ajena a ninguna nación.  En el Ecuador basta con prestar un poco de aten

 

ción al discurso de distinguidas figuras políticas para apreciar la retórica anti cubana condensada en el llamado de “Ecuador para los ecuatorianos, Cuba para los cubanos”.  Notemos entonces que el ser un país abiertamente orgulloso de sus migrantes no nos exime del temor a la migración.

En el intento por entender este fenómeno, desde la psicología se ha intentado de todo; desde deconstruir y descifrar la psique de los políticos en campaña, hasta entender el discurso de odio hacia los migrantes o minorías sociales como un producto de la ambición política de candidatos ansiosos por atraer reflectores. Sin embargo, una explicación más profunda de cómo estos discursos se han promulgado con tanta efectividad, es comprenderlo como un intento de la población general  por mantenerse a salvo ante las amenazas de escases y racionamiento que ha sido inyectada por el discurso político.

La connotación del migrante nos lastima como colectivo en un lugar muy sensible, en el sofocante pavor inconsciente de que no hay suficiente para todos, por lo que la verdadera inequidad global está en la ansiedad que el otro genera en el individuo. El deseo de hacer que el otro cargue con nuestra necesidad de regodearnos en el mal ajeno o Schadenfreude, es característico de nuestra cultura política. El migrante, aquel que busca refugio, que busca mejores oportunidades o que simplemente no tuvo más opción que huir de su pais se convierte en el perfecto objeto en el cual proyectar toda la ansiedad contendida a nivel personal o colectivo. Esas proyecciones no solo adquieren tintes superfluos y racistas, sino que suponen el génesis del racismo en sí.

En este sentido es crucial el rol que desempeñan ciertas instituciones de nuestra sociedad, las cuales niegan nuestra tendencia a separar aspectos desagradables de nuestra personalidad y colocarlos sobre otras personas. El movimiento neo-liberal particularmente, se reúsa o le cuesta trabajo aceptar la traumática herencia de la historia clasista y racista de América Latina, así como el trauma que el totalitarismo, la opresión y la corrupción heredaran a nuestros hijos.

Este rol es sutil pero dinámico e influyente en nuestro día a día. Los psicólogos vemos este efecto en el consultorio a todo momento, cuando inconscientemente reproducimos una desconexión entre los privilegiados y aquellos socialmente excluidos, ya sea mediante la normalización de los privilegios reservados para unos pocos, o ignorando la disparidad entre los tratamientos disponibles para los ricos y aquellos disponibles para los pobres.

Desde la psicología diremos que nuestra personalidad y nuestra identidad se construyen a partir de los conflictos de amor y odio ante la experiencia de lo que conocemos y lo que ignoramos del otro, así como nuestra ignorancia y prejuicios sobre aquellos que son diferentes.  Así como el aprendizaje y el cambio se ven impactados por temas de amor y odio, también lo que sabemos y lo que descubrimos sobre nosotros y sobre los demás generan grandes reacciones de amor y odio. De esa manera es posible hablar de ciclos proyectivos de sano aprendizaje, amor y progreso, o en otros casos de ciclos de persecución, abuso, xenofobia y retroceso.

Dentro del consultorio, los psicólogos (al menos lo de corte psicoanalítico) trabajamos esta realidad y la interpretamos en términos de defensa y ansiedad. Para el psicólogo es entonces fundamental explorar la naturaleza de sus certezas en tiempos de incertidumbre moral, social y política. En el Ecuador, la comunidad psicológica es menos diversa de lo que nos gustaría jactarnos, y la práctica psicoterapéutica es claramente elitista, por lo que la gran mayoría de la población esta privada de acceso a servicios de salud mental. Como en la mayoría de prácticas médicas, la persona que carece de recursos es atendida por el voluntario o por el estudiante, rara vez por el profesional.

Esta es una brecha que muchos prefieren mediocremente justificar y condenar desde el discurso capitalista. Es una brecha que rara vez es mencionada cuando se analizar fenómenos sociales o culturales, y a que su vez fomenta el pensamiento separatista y nos somete a ciclos persecutorios. Se arraiga así en nuestra sociedad la creencia de que los otros, aquellos que se identifican como opuestos a mí, pueden servir como colateral para hallar el antídoto a la ansiedad general y la enfermedad mental. Este es un estado mental caótico y peligroso, descrito desde el psicoanálisis como una representación de la posición esquizo-paranoide, donde los objetos se vuelven parciales y el enfoque del individuo se centra en la supervivencia personal y las manifestaciones extremas de amor y odio. Así se pierde la capacidad reflexiva, el sentido común  y el contacto con la realidad, y el individuo que va a las urnas marca su voto por la opción que garantice su supervivencia y calme la ansiedad que el mismo candidato le ha inyectado con su retórica xenófoba.

La psicología puede ayudar a entender la crisis política en la cual nos encontramos. La identificación proyectiva es el mejor mecanismo que tenemos para deshacernos de aquello que consciente o inconscientemente no queremos descubrir en nosotros mismos.  Esto incluye el reconocimiento de nuestro propio papel en la realidad política y económica de nuestro país, así como nuestra relativa ignorancia sobre la realidad cotidiana de los países de donde la gente se ve forzada a migrar. Lamentablemente nuestra cultura tiene una historia menos noble de lo que estamos dispuestos a aceptar, y cada uno desde su trabajo, así como el psicólogo desde su consultorio, pone en acto esa historia todos los días.

La realidad migratoria en todo el mundo, y el trauma de aquellos que se desplazan no se hallan en los márgenes de la vida moderna, pero sin duda son cruciales para ella. La psicología nos permite entender que existe una parte de nuestra cultura que requiere un lugar hacia el cual proyectar, y el discurso político se vale de esto para poner en ese lugar a un sector determinado de la población y brindarnos al resto la oportunidad de liberar nuestra ansiedad a modo de discursos xenófobos que lamentablemente solo hemos sido capaces de identificar en cualquier nación del mundo a excepción de la nuestra, donde paradójicamente nos es más urgente identificarla.

Fabrizio Ramirez

fabrizioramirez@imagopsicologia.com